Pruebas de vértigo: qué se evalúa y para qué sirven
El vértigo y el mareo pueden tener causas diversas: alteraciones del oído interno, problemas neurológicos, efectos de medicamentos o descompensaciones sistémicas. Por eso, la evaluación clínica suele incluir pruebas específicas que permiten diferenciar si el origen es vestibular (relacionado con el equilibrio del oído interno) u otra causa. Contar con un diagnóstico preciso reduce el tiempo de síntomas y ayuda a elegir un tratamiento más eficaz.
Exploración vestibular y pruebas frecuentes
La valoración inicia con preguntas dirigidas sobre el tipo de sensación (giro, inestabilidad, aturdimiento), duración de episodios, detonantes (cambios de posición, movimientos de cabeza), síntomas asociados (náusea, zumbido, hipoacusia, cefalea) y antecedentes relevantes. Después se realiza una exploración física que incluye revisión de oídos, evaluación neurológica básica y pruebas de equilibrio y coordinación.
Entre las pruebas clínicas comunes están las maniobras posicionales, útiles para identificar vértigo posicional paroxístico benigno (VPPB). Se observa la respuesta de los ojos (nistagmo) y la aparición de síntomas al colocar al paciente en posiciones específicas. También se evalúan reflejos vestibulares y estabilidad postural mediante pruebas de marcha y postura en distintas condiciones.
Según el caso, el especialista puede indicar estudios complementarios para cuantificar el funcionamiento vestibular y diferenciar lados afectados. Estas pruebas ayudan a determinar si existe hipofunción vestibular, si la alteración es periférica o central, y qué tan compensado está el sistema de equilibrio. Con esa información se decide si conviene tratamiento con maniobras de reposicionamiento, rehabilitación vestibular, medicación en fases específicas o estudios adicionales.
El objetivo de las pruebas no es solo “confirmar vértigo”, sino orientar una ruta diagnóstica segura y eficiente. Un abordaje estructurado permite tratar la causa correcta, reducir recaídas y recuperar la estabilidad en actividades diarias como caminar, conducir o trabajar frente a pantallas.




